Vinicio Portela Agencia55 Vanessa, a sus 12 años, ya inició su primer negocio, ella comercia frituras de papa, las cual prepara con diversos condimentos. Ella le pidió a sus padres poder iniciar este emprendimiento en el Bazar Corazón Zoque, que se encuentra en el Ejido Copoya en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez.
Copoya, a pesar de ser un pequeño poblado enclavado en la Meseta de Suchiapa, se hizo mundialmente famoso por el Cristo que lleva su nombre, una cruz de más de 64 metros de altura, que engalana el horizonte de la capital de Chiapas.
Ahí, todos los domingos un grupo de mujeres se organiza para poder llevar sus productos y, sin intermediarios, poder comercializarlos directamente con los visitantes del bazar.
Llegar a Corazón Zoque es sumergirse a una fiesta de olores, colores y texturas, pues al entrar en sus instalaciones, ubicadas en la 2da calle oriente esquina con la 1ra sur, es ser recibido por el aromático café, realizado al momento, pero al adentrarse en sus pasillos, nos podemos encontrar el exquisito olor al cochito horneado y el caldo de gallina de rancho.
La sede del bazar es una casa antigua, con paredes de lodo y techo de lamina, donde se asoman los vestigios de la estructura de madera, en troncos, de lo que antes sostenía cientos de tejas de barro, caminar por su corredor es trasladarse décadas atrás, pues el piso es de ladrillo, que de tanto andar está casi pulido.
En el patio se puede observar las mesas donde los comensales degustan de las delicias culinarias y al rededor están la vendimia, ahí encontramos a Vanessa López Zenteno, es una de las más jóvenes empresarias, quien viendo el ejemplo de las demás, tomó la decisión de poner su propio establecimiento, quien me cuenta, “desde chiquita se me ocurrió abrir un negocio de gomitas y de papitas locas”, la idea partió de las redes sociales, pues Vanessa vio a través de Facebook como preparaban las frituras y entonces decidió mejorarlas y con ayuda del patrocinio de sus padres, ahora expandirá sus ventas.
Es inspirador escuchar a Vanessa, pues a su corta edad, se expresa como toda una experta en las ventas, me habla de su estrategia y cómo reinvierte sus ganancias para incrementar su producción.
“Me imagino agrandando mi negocio, haciendo mi propia tienda, ya con mis proveedores”, me comenta Vanessa, que le motiva que “los niños de mi edad, de 11 y 12 años, vean que pueden vender igual que yo y que podemos emprender nuestro negocio para salir adelante.”
A unos cuentos metros, se encuentra Eloísa Juárez, una artesana, que a través de sus diseños de bordado lleva los textiles a otro nivel, sin embargo es enfática, “no quiero hacer cosas de diseñador” y se mantiene firme a sus tradiciones, sin embargo aplica sus propias ideas, convirtiendo el bordado en una expresión de su propia creatividad.
“Me gusta lo que hago y sobre todo, aquí estoy dando a conocer mi trabajo sin intermediarios, mis precios son directamente míos, por eso le hago la invitación a todos los que les guste lo artesanal que vengan aquí a Copoya.”
Eloísa es del Municipio de Venustiano Carranza, una zona indígena donde el telar, los tejidos y el bordado son parte fundamental de la expresión nativa, y en especial de la comunidad de Aguacatenango, donde nació el estilo característico de la confección y simbología plasmados en los textiles.
“Llegan muchas personas que están muy contentas de conocer nuestro trabajo, sobretodo, se han sorprendido por ver lo que son mis bordados, que no los conocían algunas personas que vienen de lejos”, y como artesana nos expresa su preocupación por los imitadores, “los chinos ya están copiando los diseños, por ejemplo, yo hago mis propios diseños, en mi comunidad empezaron hacer lo más básico, lo más sencillo, la mayoría siguen manejando eso, en mi caso he ido modificando, he ido creando mis propios diseños, mis bordados los hago de diferente forma, el problema es que los han copiado y los hacen en máquina y aquí, lo que le hago saber a las personas, es que esto está hecho a mano, que no lleva nada de máquina y el tiempo que me lleva en hacer cada prenda y se sorprenden.”
Pero los olores me inundaron las papilas gustativas, y el antojo de un pozol cacao bien frío, me llevó a pedir mi primer platillo, una rica combinación, caldo de pata y panza, no se ustedes, pero a mi me gusta bien caliente, con cebolla y chile verde picado finamente, además de una gotas de limón para resaltar el sabor.
Me acomodé en una de las mesas, mientras podía observar desde mi posición, como, armónicamente, entre todas se ayudan, son pocos los varones que están en el bazar, pero nada les quita el entusiasmo, mientras unos atienden, otros recogen los platos y vasos, pareciera que lo hacen al ritmo de la marimba, que retumba en una bocina solitaria situada en la puerta de acceso posterior, que lleva directamente al patio.
Mi apetito no fue satisfecho, por lo que le hice caso a mi olfato, que anticipadamente degustaba un caldo de gallina de rancho que consumía mi vecino en la mesa de alado. No me resistí y muy amable se me acercó una muchacha, que me vió como devoraba con la mirada el tazón adjunto.
No había terminado de hacer mi segunda orden de alimentos, cuando, con una sonrisa, se me acercó un señor que me regaló la mitad de un Pan Compuesto, otra delicia culinaria de Chiapas, del municipio de Comitán, que es una bocadillo, tipo sándwich de pan blanco con carne de cerdo deshebrado, queso, mayonesa y frijoles, no saben como lo disfruté.
Luego de terminar mi caldo de gallina, le agradecí a Doña Sonia Jiménez Montejo, cocinera tradicional de Copoya, que me alimentara magistralmente con sus preparaciones.
Me comenta, Doña Sonia, que para venir al bazar es un proceso de toda la semana, empezando por las compras y dependiendo del menú, donde no puede faltar el cochito, el pollo con mole, el chile relleno, las bolitas de chipilín, las quesadillas, las costilla y tasajo frito, entre otros platillos.
Uno de ellos, y del cual me pareció el más tradicional de la cultura zoque, el ninguijuti, un manjar que se sirve en las tradicionales festividades de las Virgencitas de Copoya, conmemoradas del 30 de enero al 2 de febrero por la Virgen de la Candelaria y, posteriormente, del 14 al 23 de octubre por la Virgen del Rosario.
El ninguijuti, también conocido como milito de puerco, está elaborado con espinazo y carne de cerdo, achiote, jitomate y masa, condimentado con ajo, chile bolita y limón, toda una explosión de sabor.
Doña Sonia me asegura que le encanta cocinar, “empecé a cocinar con mi mamá, Julia Montejo Chamé, muy joven, 15 o 16 años, y desde le inicio me dijo vas hacer esto de comida y ahí empecé yo por el gusto de la cocina. Es un gusto para mí el cocinar, no es como una obligación, siento el gusto por la cocina, creo que fue herencia de mi madre, a quien le gustaba mucho.”
Sin que se le borre la sonrisa del rostro y atenta a lo que se requiera despachar, Doña Sonia me platica que se debe despertar desde las 2:00 de la mañana para iniciar su jornada y tener preparado el menú para traer al bazar.
“Es muy gratificante y nos sentimos muy bien que nos digan, ¡qué rica estuvo la comida!, yo creo que ese es el premio para nosotras, para mí es mi premio que diga una persona, ¡todo muy rico!, con eso me doy por bien servida y bien pagada.”
Y es que la cocina es un sitio familiar, Doña Sonia se acompaña de su hija Jessica Álvarez, a quien la considera su brazo fuerte, “tiene que aprender y le gusta también, principalmente que venimos arrastrando eso, yo empecé con mi mamá y ella está empezando conmigo, y que bueno que le gusta, me da mucho gusto que así sea.”
Después del atracón culinario, Susana Gómez, me invita un par de tazas de café, por lo que sentados en medio de los comedores, recordó cómo empezó este sueño de Corazón Zoque, el cual tiene un origen muy interesante, llamado Amor a Chiapas Bazar.
“Ya voy hacer cinco años con este proyecto, esto que ves como Corazón Zoque, es lo que yo estuve pensando desde un inicio, yo necesitaba de un lugar de donde enseñarle a la gente todo lo que hacen los chiapanecos, empecé, primeramente en un local vendiendo ropa artesanal, ámbar, que era lo que me gustaba siempre, y tu lo sabes, es caro, y lo tenia que comprar en pagos, porque no lo compraba con la artesana, lo comparaba en una tienda con tarjeta, en pagos, a plazos o apartándolo hasta que lo tuviera pagado”.
Pero a Susy se le ocurrió, a partir de que su esposo, Ángel Rodríguez, le empezó a regalar artesanía adquirida directamente desde los municipios, hacer trato directamente con las productoras, sin ningún tipo de intermediario.
“Es sorprendente como la reventa, dobletea o triplica el costo de las artesanía”, me dijo enfática Susana, por ello decidió comprar directamente y, como no le gusta vender en la calle, puso su establecimiento de nombre Amar a Chiapas.
Susy es Licenciada en Turismo, además de tener una gran preparación en temas de asesoría en viajes, de las artes y la cultura, ese conocimiento le ha permitido administrar y organizar a las productoras, y eso se plasmó en lo que ahora es Corazón Zoque en Copoya.
“Siempre he estado convencida de que cuando vale la pena un producto, una artesanía, una comida, que si te gusta algo, lo vas y lo buscas”, emocionada señala al rededor, afirmando que en el bazar lo tienes todo, desde la comida hasta un pequeño moño, “si buscas café, vas a salir con el pan con el que lo vas a acompañar y además encuentras miel, ropa, un regalito y la artesanía para tu casa”, asegurando, que tal como lo encuentras en una plaza comercial pero con precios sin intermediarios.
Susana resalta lo maravilloso y estratégico que tiene Copoya, pero que al mismo tiempo está olvidado, a pesar de su cercanía con Tuxtla Gutiérrez, pues, menciona, que tiene un gran clima templado, tiene un ambiente totalmente de pueblo y además que es custodiado por el majestuoso Cristo, un atractivo turístico poco explotado por las autoridades.
“Mi trabajo, aquí en Corazón Zoque, es hacer que la gente venga”, visiblemente conmovida, Susana Gómez reconoce que le gusta lo que hace, que es difícil y complicado, pero que ama su trabajo, porque lo que hace, no lo hace nadie más, con la convicción y convencida de que su labor está bien realizada para que siga funcionando.
“Desde hace ocho meses que iniciamos con Corazón Zoque, no hay un solo día que no ganemos algo. Al principio ganamos la aceptación de la gente y la de la comunidad. Ganamos el poder conjuntar a toda las personas que estamos trabajando y que estamos convencidos de que esto va a funcionar y, tercero, cuando decimos, no estamos ganando, pero que entre todos, ya desayunamos juntos, echamos relajo, ya bailamos, ya celebramos un cumpleaños, ya nos apoyamos cuando alguien está enfermo, ya compartimos nuestras experiencia, con eso ya ganamos todos”.
Y espontáneamente Susana hace un ademan y abraza el aire y me dice, “a pesar que no decimos que somos una familia, trabajamos con una familia”, y señala a diferentes puestos, confirmando que su trato es de hermandad antes que comercial.
Se empieza a sentir la tarde en Copoya, el viento fresco nos avisa a los presentes que la jornada dominical está concluyendo, por mi parte ya debo emprender la retirada, pero en mi experiencia llegué como un cliente y me despiden como uno de ellos, otra persona más orgullosa de nuestras costumbres nativas, esa generosidad está en el ambiente, que me invita a que el próximo fin de semana acuda a la verbena popular, a comer tradiciones y consumir cultura.
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